Estar en Nürburgring



En infinitivo. Cada vez que recuerde esta experiencia, será como estar allá.
Por: Liza Rojas. 

Lo había descartado sin convicción, a pesar de estar en la tierra de Daimler y Benz. Con ayuda de Google Maps y el montón de preguntas a mi prima -quien vive en el otro extremo de Alemania- sobre cómo llegar allá, la esperanza era nula. Apenas 3 horas de viaje me separaban de Nürburg desde Bonn. Fácil, ¿no?

Beethoven, el ilustre hijo de 

la ciudad de Bonn/

Foto. Liza Rojas
El plan inicial era llegar a la casa de Beethoven en Bonn, la antigua capital de la RDA, desde Köln. Allí estaría todo el día y sin mayor novedad, tomaría rumbo a Hamburg. Sin embargo, un sentimiento poco usual me invadió: ir (o no) a Nürburgring. La pregunta iba más allá: Tendría 9 horas y apenas 65 € que logré cambiar -justo cuando estaban en $3.500- rápidamente.

En Koblenz, me dirigí a la máquina de los tickets. Estaba tan emocionada, que leí mal mis pantallazos de Google Maps. Así descubrí que debí haberme bajado en la estación de Remagen, a mitad de camino: Tuve que devolverme y no perder la calma, ya había gastado 21 € en 2 horas.

En Remagen, hablé con una joven mujer de Deutsche Bahn para explicarle mi mal planeada ruta y lo que hasta allí innecesariamente había gastado de más. Logró entenderme y me envió a la plataforma 4 del Tren Regional hacia Ahrbrück sin pagar más. Sonreí, pensando ¿qué podía salir mal?

Fui a mirar la otra mitad del pantallazo en mi celular para saber qué seguía... Ok... Este era el nuevo panorama: no tenía la otra parte de la ruta hacia allá.

Salí de la estación de Ahrbrück, pero no había ni un alma por ahí. Muchas casas pero ningún establecimiento comercial. Intenté colgarme a una señal de Internet sin éxito. Empecé a caminar y pregunté en el único restaurante que había. El dueño, que no sabía cómo explicarme, escribió en mi celular "Bus to Ardenau". Y con señas me hizo entender que debía regresar a la desolada estación. Salí del restaurante y mi mirada torpemente se encontró con un aviso que decía “Nürburgring: 22 Km”.

Ya había recorrido la mitad; me armé de un valor que duró poco cuando miré los horarios del bus, pues el próximo pasaría en una hora.

En cercanías del circuito, ya
se sentía el ambiente.../
Foto. Liza Rojas
Empezó a subir la temperatura y yo perdía la paciencia ante la incertidumbre de creer o no en los horarios de ese pueblo fantasma. Al momento, apareció una minivan, pero cuando vi bajar a una muchacha le sonreí a lo lejos y le dije las palabras que funcionarían a lo largo de esta historia: “Hello! Can you help me, please? I want to go to...” Ella señaló esa van y mencionó que el bus oficial había tenido problemas. Es como si se dañara un SITP y mandaran una Renault Máster a hacer el recorrido gratis.

Yo estaba más tranquila. Dentro de la van, miraba cómo los avisos restaban la distancia a Nürburgring. Sonreí en medio de una atmósfera pestilente a sobaco, muy común entre los hombres en este país germano. Pasados 15 minutos, el conductor me avisa que debo bajarme para esperar otro bus... Se baja conmigo para señalarme que en 2 horas y media pasaba el otro transporte. Y todavía faltaban 10 Km. Ese lugar donde estaba ya era parte de la fiesta de los motores. Los restaurantes estaban adornados con banderas a cuadros.

Lucía solitaria la entrada, aunque sonaba a lo
lejos el ruido de unos motores./
Foto. Liza Rojas
Ante mi cara de "jueputa, ¿y ahora qué?", me envían a preguntar en una agencia de turismo cercana. En la agencia, me dijeron que la única posibilidad era un taxi. Ya me habían hablado sobre las venenosas tarifas de los taxistas... Esperé 10 minutos y apareció mi taxi. El conductor me pregunta mi lugar de procedencia y sobre mi interés de ir a la pista, mientras que acelera y toma las curvas con destreza. No fue necesario que me dijera que ya estábamos llegando, cuando empiezo a ver el complejo de la "tierra prometida". No me asombré cuando me cobró 20 €. No dejaba de sonreir, sentía la sangre pasar por mis manos de manera brusca.

En noviembre de 2007 comenzó la expansión de Nürburgring con un centro de ocio y un centro de negocios, para los aficionados y turistas. Además de hoteles cerca de la pista y un parque de vacaciones.Foto. Liza Rojas
Estaba allí, ya no a través de Wikipedia ni de la web oficial, sino en directo. Miro a todos lados, -el lugar estaba solo- cuando me pregunto: Bueno Liza ¿y ahora? Subo unas escaleras y entro a una recepción; el hombre que está detrás ni me determina, la presencia femenina es poco usual allá y de seguro se dispuso a darme indicaciones por si estaba perdida. ¡Quería abrazarlo y decirle que me alegraba estar ahí! Pero rápidamente caí en cuenta de lo mala que era esa idea, así que seguí caminando hacia la boutique de souvenirs.
BMW Serie 6 E24/
Foto. Liza Rojas

Al entrar, recordé la frase de un amigo a quien extraño: dió justo en la pobreza. Miro con las pupilas dilatadas camisetas, chaquetas y distintas cosas que no bajaban de 110 €. Tenía muchas ganas de llevarme todo para regalarle a mi novio y a mis amigos.

Me dirigí hacia la mujer que atendía y le pedí una visita guiada porque en realidad estaba muy feliz de estar ahí, pero que no sabía por dónde empezar. Ella me hace cruzar una puerta de cristal en donde queda un museo combinado con juegos. Es decir, lucía como esos locales grandes de juegos de los centros comerciales, pero además de las maquinitas y atracciones, estaban otras joyas preciosas entre las que se contaban un Opel Astra DTM, un Sauber-Mercedes C111 de Le Mans, un BMW Serie 6 E24, entre otros.

Foto. Liza Rojas
Sí, jugué un rato, vi una película sobre las historia del Anillo Alemán que vio rodar hasta el mismo Ayrton Senna y fue testigo del accidente de Niki Lauda. En la película nos hicieron sentir el calor y el humo de las llamas de aquel Gran Premio de Alemania de 1976 que marcaría un hito en la gran carrera del admirado piloto austriaco de Ferrari.

Pero no había ido a Nürburgring a jugar. Así que miré el reloj: tenía menos de una hora para tomar el último tren de vuelta a Bonn, porque debía estar en 3 horas exactas rumbo a Hamburgo con la presión de un tiquete comprado previamente.

Foto. Liza Rojas
Foto. Liza Rojas
Sí, había gastado un poco más de cuatro horas en llegar y sólo pude estar allí 1 hora y 20 minutos. Pregunté si había la posibilidad de estar en la pista, me explican que habrá competencia y por eso está cerrada al público. De paso la recepcionista menciona que la pista estará habilitada apenas hacia las 5 de la tarde... Sí, muy tarde para mí porque el último tren que me sacaría de ese lugar que parecía estar en 'Muy Muy Lejano", pasaba a las 6 y el recorrido duraba 50 minutos. Ya se podrían imaginar mi cara... 

Pero es que el plan de ruta era Köln, Bonn, Hamburg y Bremen. Todo estaba comprado, todo estaba reservado. Ir a Nürburgring fue una locura.

Le dije a la guía que no había recorrido todo eso para no ver siquiera la pista. Ante mi, al parecer, descorazonada protesta, me habilita un pase y me da las indicaciones para entrar al Olimpo. Yo corrí hacia donde me dijo y subí incansablemente unas escaleras... Abrí cuidadosamente una puerta de cristal, y allí estaba la recta del circuito de F1 del Nürburgring. Allí estaba ella, tan hermosa como para una cita de amor. De amor porque quien ama la competencia y el deporte a motor sabe lo que significa conocer ese bello lugar. Las gradas eran para mí sola, el aire frío sólo yo lo respiraba, tenía mucha emoción de haber cumplido mi sueño. 
Recta del circuito de F1 del NürburgringFoto. Liza Rojas

A lo lejos se escuchaban las llantas de los carros de los hábiles pilotos. Quizás no di una "vueltica", pero es la excusa perfecta para volver. Sí, Nürburgring hace parte de los destinos que recorrí por Alemania. El mejor, sin duda.

En 2017 el "Infierno Verde" cumplirá  90 años de ser abierto de manera oficial. Este circuito desde sus inicios se convirtió en un imán para la audiencia internacional. No hay que olvidar los Mercedes o Flechas de Plata, que se volvieron famosos en 1934, cuando decidieron raspar literalmente los carros, una noche antes de la carrera, y dejarlos plateados con el fin de cumplir con el límite de peso y poder competir sin problema en la parte antigua de la pista, llamada Nordschleife. Como era de esperar, ganaron.

Foto. Liza Rojas
El templo germano de la velocidad (cuando no era el ya demolido AVUS) aterrorizó a casi todos los pilotos que tuvieron los pantalones de franquearlo en sus bólidos, pero premiaba a los que trataban sus curvas con respeto. Un gran ejemplo es el de Juan Manuel Fangio, "El Chueco de Balcarce", quien logró una de las mejores carreras de la historia en este trazado: durante el G.P de Alemania de 1957, Fangio, quien iba en primer lugar, entró a pits, pero fue una parada tan mala, que salió en tercer lugar, a casi 1 minuto del primer lugar. Lo recuperó a bordo de su Maserati 250F después de manejar como poseído, rompiendo 9 veces el récord de la pista y aventajando por 3.6 segundos a Mike Hawtorn, en su Ferrari, que llegó de segundo.

Fangio dijo que Nürburgring era su pista favorita y que en esa carrera, conoció todos sus secretos, aunque luego pasó dos dias desvelado pensando en cada curva de esa pista.

Foto. Liza Rojas
Un famoso piloto campeón, el escocés Jackie Stewart, bautizó al exageradamente largo trazado como "El infierno verde (Grüne Hölle), no sólo por que las carreras eran largas y agotadoras, sino porque llovía mucho, al estar rodeada completamente por el bosque de las montañas Eifel, y en algunos tramos, el asfalto se convertía en una superficie jabonosa e impredecible, mientras que en otros reinaba el buen clima, aunque nada de eso impidió que los pilotos de F1 arriesgaran sus vidas en el Nürburgring sino hasta 1976, cuando el piloto austriaco Niki Lauda (si, ese que interpretó el bonito de Daniel Brühl en "Rush") chocó en su Ferrari 312T2, que se incendió y le ocasionó quemaduras que por poco lo matan.

Así pues, ese trazado alemán es un oda al peligro, a la adrenalina incontrolable de la gasolina y las llantas de competencia... Cómo solía decir un cartel cerca a la pista en los años '60: "No se puede ir de las montañas Eifel sin dar una vuelta por el Nürburgring". Y eso es lo que hacen muchos que hoy pueden pagar un peaje y entrar con sus propios carros a descubrir que tanto es lo que cautivan estas curvas peligrosas.

Ya satisfecha, pedí un taxi -como si el dinero sobrara- y el conductor me cobró 25 € de vuelta. De hecho, la tarifa era mayor, pero 10 € era todo mi capital. Todo lo había gastado en la tienda de souvenirs, ¿Y quién no?

Así que el taxista alemán, no tuvo problema en bajar el precio, porque me mostró con fotos que había conocido Medellín. ¿Quién lo diría?

El tren llegó y yo sonreía. Todo estaba bajo control. Lo había hecho. Miré al cielo y le di gracias al único que lo hizo posible.










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